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Patakíes de Obbatalá

Los obstáculos de Obbatalá.

Obbatalá, la madre de Shangó, hacía mucho tiempo que no veía a su hijo, a quien extrañaba y por quien sentía un verdadero cariño.

Antes de emprender el viaje para verlo. Orunla le aconsejó que se hiciera una limpieza en el cuerpo con chirebatá y le dijo que en el camino encontraría tres obstáculos, pero que no se desanimara que si hacía las cosas como él le había mandado, no tendría problemas.

Obbatalá se puso en marcha después de hacer lo que le recomendara Orunla y al poco rato de estar caminando, se encontró con Eleguá que estaba disfrazado de vendedor de epó.

Eleguá hizo como si se cayera y Obbatalá acudió en su ayuda con tan mala suerte que se ensuciaron sus ropas blancas con el epó, razón por la cual tuvo que regresar a su casa para vestirse de limpio.

De nuevo en camino hacia casa de Shangó, Obbatalá se vuelve a encontrar con Eleguá quien, esta vez disfrazado de niño, se para en una tabla encima de un fanguizal y hace como si tuviera miedo de caerse. Obbatalá trata de ayudar al niño, pero cuando se para sobre la tabla, resbala, se caen los dos y ruedan por el fango.

Vestido de nuevo con ropas limpias, Obbatalá llega por fin a las tierras en que Shangó es rey. Pero cuando va atravesando el campo ve el caballo de su hijo enredado en una maleza y corre en su ayuda, pensando la alegría que recibiría al recuperar el animal. En ese momento llegan los soldados y la toman prisionera, pues el caballo se había perdido y ellos supusieron que Obbatalá, a quien no conocían, lo había robado.

Enterado el Alafín de que una persona extranjera le había tratado de robar su caballo, mandó que la trajeran a su presencia y cuando vio a su madre venir esposada entre los soldados, le hizo moforibale y le pidió perdón. Luego le regaló grandes riquezas y mandó que le construyeran un palacio.

El tesoro de Obbatalá.

Los Orishas celebraron una reunión y acordaron buscar comida cada cual por su lado para luego compartirla con los demás.

Eleguá que, como siempre, fue el primero en salir, se encontró un chivo y lo mató, pero como pensó que la carne se echaría a perder antes de que él pudiera llegar donde estaban los otros, se lo comió.

Oggún encontró babosas y pensó que a Obbatalá le gustaban mucho; luego lo pensó mejor, ya que las babosas eran pequeñas y no tenía tantas, se las engulló.

Shangó encontró un gallo y con la esperanza de encontrar otro, se lo fue comiendo por el camino.

Así cada cual se comió lo que encontró, menos Obbatalá, que no había encontrado nada y estaba muy disgustado, hasta que buscando por una maleza se cayó en un pozo donde encontró un gran tesoro.

Cuando volvieron al punto de partida, Obbatalá regresó con su teso¬ro. Al encontrarlos a todos satisfechos y con la barriga llena, les dijo que no le daría nada a nadie, pues “el que no cumple lo acordado, no puede reclamar nada”. Los demás Orishas se sintieron ofendidos, pero ellos eran los culpables.

Obbatalá fugitivo.

En medio de una gran guerra, Obbatalá se refugió en un pueblo donde fue cercado por sus enemigos. No tenía escapatoria posible y a cada momento crecía su desasosiego y desesperación. Pero en aquel pueblo vivía Eleguá, el que viéndolo en tan difícil situación convino en ayudarlo.

Eleguá fue diciéndole a todos que cerraran sus puertas y ventanas a las doce del día, pues un fenómeno sobrenatural ocurriría. Así, la noticia llegó hasta los enemigos de Obbatalá, los que, por si acaso, decidieron también esconderse a la hora que había dicho Eleguá.

Este vistió a Obbatalá con un mosquitero y a las doce del día le dijo que saliera a la calle tocando su agogó. De esta manera, Obbatalá pudo escapar ileso de tan difícil situación.

El cocinero de Obbatalá.

Erdibre era el cocinero de Obbatalá. Como era muy inteligente, no sólo hacía su trabajo más rápido que el resto de los sirvientes de la casa, si no que también era capaz de preparar un plato exquisito con cualquier ingrediente que tuviera a mano.

El resto de la servidumbre lo envidiaba. Por ello se pusieron a difamarlo constantemente: “Este nunca trabaja; parece que en la cocina no hay nada que hacer”, decían a diario.

Los comentarios malintencionados de sus compañeros llegaron a oídos de Obbatalá quien, dándole crédito a tanta calumnia, tomó la decisión de echar al eficiente cocinero de su casa.

Sin empleo y pasando vicisitudes de todo tipo, Erdibre andaba deambulando por las calles, hasta que se tropezó con Orunla.

El sabio le aconsejó que se bañara, se afeitara y anduviera vestido de limpio con una jaba en la mano por todo el pueblo. Que fuera al mercado y preguntara el precio de las mercaderías, aunque no comprara ninguna. En fin, que se comportara como si estuviera haciendo algo, como si hubiera conseguido otro empleo.

Al día siguiente, Erdibre apareció en el mercado con su jaba en la mano muy diligente. En los días sucesivos lo vieron por aquí y por allá, siempre apurado y bien vestido.

Como los seres humanos son tan chismosos, no faltó alguno que le contara a Obbatalá qué era de la vida de su antiguo cocinero.

Fue tanta la curiosidad que le entró a Obbatalá que comenzó a recapacitar sobre los servicios que le prestó aquel hombre cuando trabajaba en su casa.

Al fin, convencido de que nunca tendría un cocinero con tantas virtudes, lo llamó y le dijo:

–Mira, yo sé que no te falta trabajo, pero necesito mucho tus servicios, estoy dispuesto a pagarte el doble si accedes a volver a mi casa.

Así Erdibre venció a sus enemigos.

Obbatalá y la sal.

En el palacio de Obbatalá tuvo lugar un banquete muy grande. El Orisha había reservado para sí el último plato de comida que quedaba, pues prefirió que los demás comieran y disfrutaran a sus anchas antes de hacerlo él.

Cuando ya Obbatalá se disponía a comer, se presentó Babalú Ayé el cual, por sus dificultades para caminar, no pudo llegar a tiempo. Obbatalá le cedió gustoso la comida que quedaba y Babalú se sintió muy satisfecho.

Ya todos se habían marchado, cuando Obbatalá le pidió a uno de sus cocineros que le preparara amalá con mucha cascarilla de huevo, pues estaba hambriento.

El sirviente fue presto a cocinar lo que se le había indicado, pero para su sorpresa descubrió que se había acabado la sal.

–Perdone, Babá –dijo humildemente el hombre–, pero con tanto invitado que hemos tenido hoy, se ha acabado la sal.

–Está bien –repuso el Orisha–, prepara mi comida sin sal.

Un rato más tarde, se sentó a la mesa y la comida le resultó tan agradable que dispuso que en lo sucesivo todos sus alimentos se cocinaran sin sal.

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